EL CAMINO ES LA EVOLUCIÓN

EL CAMINO ES LA EVOLUCIÓN

El camino es la evolución, no la revolución. El sagrado libro de la Naturaleza nos susurra que todas las transformaciones son lentas y paulatinas. No hay transformaciones repentinas en ninguno de los Reinos de la Naturaleza. La Ley de evolución reflejada en ese inmenso libro al que todos los humanos tenemos acceso, reza silente que todo crece, se desarrolla y transforma suavemente y sin rupturas.

Esta Ley de Oro, la podemos llevar a todas las dimensiones, implementar en todos los campos de la vida, por supuesto también en el campo de las ciencias sociales. El humano se ha pasado la historia haciendo revoluciones porque no se ha tomado el tiempo para leer el libro de la Naturaleza. Si la transformación física obra lentamente, la mental obrará de la misma forma, porque las Leyes son las mismas en todos los planos.

Hacemos revoluciones porque no hemos observado que la flor se despliega despacio, que el amanecer no irrumpe de repente y que la primavera no se abre de un día para otros. Absolutamente todas las revoluciones han fracasado y seguirán fracasando porque el humano no pude transformar su mente de forma momentánea. La vía es la evolución.

A nivel social nos corresponde por lo tanto pujar por quienes propugnan los cambios paulatinos. Los valores superiores en los que creemos no se pueden implementar de un día para otro. Los principios de verdad, justicia, hermandad, solidaridad… corresponden al alma y el alma aún no se ha adueñado de la personalidad. El alma no decreta, imanta. Es la personalidad la que decreta e impone sin tomar conciencia de que los valores son inherentes al alma y el alma necesita su tiempo para hacerse con la personalidad.

Si las estructuras se transforman de repente sin que la mente de las personas se pueda adaptar al nuevo orden, sobreviene el fracaso. Esa es la historia de las revoluciones humanas: fracaso bien en forma de caos, bien en forma de represión tantas veces brutal. Las apuestas sociales maximalistas del todo o nada no se ajustan por lo tanto a las leyes superiores. Los cambios ocurren de a poco en la medida en que la mayor parte de la ciudadanía los va integrando a su debido tiempo.

Grandes Iniciados como Saint Germain cuando la revolución francesa o Annie Besant cuando la resolución india, se situaron ante la disyuntiva de revolución o evolución en sus contextos respectivos. Sobra decir por qué se decantaron y de qué forma aplastante la historia, ciencia sagrada entre las sagradas, les dio la razón. Es nuestra emocionalidad inferior la que demanda transformación exterior repentina. Ella ignora que lo repentino es sinónimo de baldío, pues la personalidad no está en general capacitada para instaurar lo superior, lo puro y verdadero, no ha sido plenamente impregnada por el alma.

El brote que aparece en la imagen es nuestro mejor catecismo. No hay manual de materialismo histórico que se le equipare. Marx se encerró en la Biblioteca Británica de Londres para escribir el «Manifiesto Comunista», pero se ve que no se concedió ocasión para bajar al jardín y aspirar el perfume largamente fraguado de la flor.


La ley de la evolución nos proporciona paz.

Dudar era «revisionismo inmaduro». Había una raya infranqueable, una división incuestionable. Eran siempre ellos y nosotros. Cuando hacíamos la revolución siempre quedaba alguien fuera del Círculo, alguien vilipendiado, ofendido. No sabíamos que en el Aro Sagrado de la Vida nadie debiera quedar fuera. Puede haber supina ignorancia, abuso, explotación…, pero las personas que juegan esos severos papeles no dejarán de ser seres equivocados y necesitados de nuestra compasión.

La Ley de la evolución no deja a nadie fuera, pues entiende que todos estamos en camino de desarrollo y esa condición de explotador, de opresor, de tirano… es coyuntural, pasajera. La Ley de la Evolución nos devuelve a la armonía con la vida y con nuestros semejantes. Nos quita lastre, nos ahorra adrenalina. Entre otras cosas nos evita el subyugante papel de justicieros.

Afirmo en primera persona que abrazar la Ley de Evolución me ha proporcionado mucha paz. Me ha reconciliado no sólo con la entera humanidad, sino conmigo mismo. Esa paz que me ha dado el estudio de las Leyes es la paz que yo quiero para mis semejantes. Aquel que soñaba día y noche en la revolución ya no soy yo. Honro aquel tiempo por todo lo que me dio en cuanto a osadía, en cuanto a valoración de la camaradería, en cuanto a conciencia de entrega y sacrifico en pos de una causa superior, pero ya no lo quiero… Estaba equivocado. Errábamos porque el Círculo de la hermandad no era completo, sólo incluía a los nuestros, a los de puño en alto, a los de las banderas rojas al viento…

Antes que amigo del verso, lo fui de la historia humana. Me hice especialista de las revoluciones sociales de los tiempos modernos. Las estudié una por una a fondo. Yo no sé de “chacras”, ni de astros; no sé de la psicología de los Rayos…, pero sé mucho de revoluciones. Por eso sé que no sirven, que el camino nunca fue ése. Con gran frustración me di cuenta de que todas las revoluciones habían fracasado. Han tenido que pasar muchos años, he debido abrazar las sagradas Enseñanzas para saber por qué todas las revoluciones están indefectiblemente condenadas la fracaso. La Vida sí contempla una única revolución y ésa no busca ni vientos, ni banderas. Ésa es la más íntima, callada y silenciosa.

Es nuestra emocionalidad inferior la que nos sitúa frente al hermano, nunca el alma. El alma sabe que en todo ser habita algo sublime llamado algún día a despertar. Arriados los puños, abandonadas las banderas rojas que tanta sangre trajeron al mundo, nosotros/as con compasión y comprensión podemos ayudar al despertar del hermano equivocado que genera un perjuicio social. Podemos invitarle a dar pasos hacia la luz. Su evolución es la nuestra. En ese intento radica también nuestro progreso.

Cabalgar paso y futuro

La humanidad avanza hacia un mayor ajuste con las Leyes divinas, hacia una mayor identificación con la Ley del Amor y la Solidaridad Universal. De acuerdo a la Trama Divina, poco a poco irá perdiendo fuerza, energía y adhesión una civilización materialista e individualista que no se ajusta a las Leyes superiores e irá emergiendo una nueva civilización inspirada en el cuidado del otro, de la Vida en todas sus formas y de la Creación.

Estos procesos son inexorables, pero no conviene acelerarlos. Prima volcar nuestros esfuerzos en hacer brotar lo nuevo, pero no en destruir lo antiguo. La oscuridad no se combate, es la Luz la que ha de ser prendida. Lo antiguo cederá, pues no se corresponde a Ley y lo que no se ajusta a Ley no es sostenible, no puede tener largo recorrido. Procede por lo tanto que los cambios sean paulatinos y no bruscos, para que las conciencias se vayan adaptando, para que la nueva realidad se vaya con seguridad asentando. Las transformaciones bruscas pueden resultar contraproducentes. Los tiempos convulsos desatan pasiones y dificultan que el progreso sereno se consolide.

Es preciso distinguir sin embargo entre la adhesión al cambio paulatino de paradigma sin grandes convulsiones y la firmeza en los principios de defensa de la vida, de los derechos de la Tierra y los derechos humanos. Conciencia de la gradualidad de las transformaciones sociales necesarias, no tiene que confundirse de ninguna forma con pusilanimidad frente al abuso y el atropello, con la firmeza imprescindible en lo que respecta a la defensa de esos derechos. En muchas geografías de la Tierra aún no se pueden permitir pujar y soñar por el nuevo mundo, pues han aún de priorizar la lucha en defensa de lo más primario y elemental. Somos diferentes humanidades sobre un mismo planeta.

De todo lo anteriormente manifestado a la luz de las Leyes Universales, se desprende nuestro apoyo a los mandatarios que propugnan reformas progresistas en consonancia con los principios y valores superiores a los que nos debemos. No por ir más deprisa vamos a avanzar más. No por lanzarnos a los Palacios de Invierno, la historia se va a acelerar, sino más bien al contrario.

La era del interludio, el tiempo en que habremos de cabalgar el presente y el futuro a un mismo tiempo sobre la silla de un presente apasionante, va para largo. A cada día su afán. El anhelo del otro mundo posible, de reconstruir un nuevo orden, no se ha de confundir con la emocionalidad inferior de derribar de repente todo lo viejo. Hay que dar tiempo a que lo nuevo brote y perfume.

Evolución y eternidad

El pestañeo de una sola vida no permite desarrollar toda nuestra herencia, es decir nuestro potencial interno infinito. Una única estancia en la Tierra torna imposible el reto de llegar a perfeccionarnos tanto personal, como colectivamente. La exclusiva encarnación cercena nuestra innata aspiración a desarrollarnos y ser mejores personas, mejor sociedad. Un mundo que con tanta insistencia nos invita a ser y vivir “express” está condenado al fracaso. El enfoque acelerado de nuestra presencia en la tierra siempre nos jugará malas pasadas. O levantamos la mirada más allá de la prisa y su inmediatez o no alcanzaremos a saber y saborear la razón última de nuestra presencia en la tierra.


La visión de eternidad proporciona sosiego y mente ancha. Nos reconforta en la garantía de evolución. Un lejano horizonte de tiempo nos ahorra el deseo de acelerar los procesos de transformación tanto individual como colectivos, por lo menos más allá de lo necesario. La noción de una única vida nos impele a la transformación «express» y por lo tanto siempre precaria e insuficiente. La precariedad es hija del tiempo. Es la noción de eternidad lo que nos invita a abrazar la Ley de la evolución, el postulado del acrecentamiento sin fin de nuestra conciencia. ¿Para qué otra finalidad hubiéramos necesitado la eternidad, sino era para crecer y desarrollarnos nosotros/as eternamente?


Vamos ahora a analizar la cuestión en términos sociales, colectivos. La conciencia efímera de la existencia nos invita a desvaríos, como por ejemplo el de “ahora o nunca”. No hay imperiosa urgencia de atrapar la utopía ya, si mañana podemos descansar en ella de una forma más madura, segura y perdurable. Si creo en la única vida, si mi mente no viaja más allá de la llamada muerte, entonces sí querré asaltar los palacios, consumar logros sociales…, pues no podré vislumbrar una gloria que perdure más allá de esta encarnación. Si mi vida es un único pestañeo, entonces deberé intentar acelerar la historia, ignorante de que ésta ni puede, ni debe abrigar prisa alguna para su real progreso.


Definitivamente la revolución es «maya», ficción de la que es preciso desengancharse. El verdadero comunismo en libertad, el supremo ideal del cooperar y compartir eternamente, de la ausencia del sentimiento de lo tuyo y de lo mío, solo será la culminación de un larguísimo proceso de infinidad de vidas en las que nuestra alma a la postre terminará de emerger. Ella representa el supremo altruismo que poco a poco, en el curso de innumerables empeños, irá absorbiendo la personalidad. Ésta por el contrario sólo mira para sí.


La revolución es entonces hija del tiempo, de su visión tan limitada, que no de la eternidad que juega un partido sin prisas, sin pitido de árbitro que lo aborte. Si dejamos ser hijos exclusivos de un tiempo, si dejamos de ser vasallos de la ilusión, de la fantasía podremos disfrutar el instante sin fin. Si prescindimos de echar aquí y ahora el lazo a los imposibles, hacer enseguida realidad los postulados de siempre, podremos encarnar sin premura nuestros ideales, vivir el momento con serenidad, observar en cada día un afán con todo el sereno gozo que ello implica.

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