Nada a defender

Nada a defender

“No tenemos nada que defender…”, dice Javier Melloni en una de sus conferencias que estoy transcribiendo en estos días de retiro. No pensé que tan escueta y a la vez rotunda frase pudiera acompañar tanta paz. Deseo ser uno con ella. Es una sentencia capaz de clausurar larga y tediosa etapa, de jubilar al batallador pertinaz que tanta energía y tiempo se ha llevado. El progreso de la Vida y del Plan no depende de que yo defienda unas ideas frente a quienes no creen en ellas. “No tengo nada que defender…”, porque si aquello en lo que yo creo es de Dios, es decir es de la Trama Superior, progresará levante o no yo la voz o la espada en su defensa.

Marchar al combate siempre implicará descuidar el jardín y sus flores a las que nos debemos. No tener nada que defender, me permite jubilarme de la batalla, bajar de mis murallas e invertir tiempo en cultivar el huerto descuidado, en hacer astillas con todo lo viejo que arrastro. Me libera para una batalla más crucial y definitiva que es evidentemente la de dentro.

“No tengo nada que defender…”, me gustaría decir cuando el debate se anuncia, cuando el post, la noticia… me ponen en guardia, hacen sonar la corneta. Si son ideas, son caducas, pertenecen al tiempo y nosotros no somos del tiempo. Si son principios, valores tampoco desenvainaré la espada. Procuraré llevarlos puestos, serlos, encarnarlos y no hacer de ellos arma arrojadiza. El progreso de los valores sí depende de mí, pero no haremos de ellos estandarte, no nos espolearán hacia la confrontación. Susurraremos esos principios superiores, esas máximas casi en silencio, sobre todo con presencia y con actos, a la vuelta de las batallas que casi se llevan la vida.

“No tengo nada que defender…”, me ha quitado un enorme lastre, me ha dejado desnudo ante el Origen, ante la Vida. Sí, tengo simpatías, tengo debilidad, sobre todo por quienes en verdad se desnudaron, por quien encarnaron valores y ello les costó caro. Marcho tras ellos/ellas, estoy a su servicio, pero ya sin espada.

No puedo recuperar el tiempo, las vidas enteras malgastadas en la estéril trinchera, pero sí puedo alejarme para siempre de su inútil fragor, de su valentía de novela. Cambio lanza por bordón. Ahora ya sé de dónde viene tanta gana de mochila, tanta sed de caminos y desiertos.

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