NADIE EN LA CUNETA

NADIE EN LA CUNETA

La historia no deja a nadie en la cuneta, por más que hay almas que puedan expirar sus días físicos al borde de la carretera, víctimas de la violencia. La historia no deja a nadie en el camino, quiere ir con todos. Lo que ocurre a menudo es no todos deseamos ir con ella y su apuesta evolutiva. Necesitamos perspectiva de reencarnación y por lo tanto de eternidad para tomar conciencia de que no hay olvidados. Hay atropello, hay karma, jamás injusticia y olvido. 

La brutalidad humana a veces nos desborda, como ahora está ocurriendo en la guerra de Ucrania. Deseamos cobrar distancia con respecto a ella, saltar a otro lugar alejado, a otro planeta virgen de odio. La comprensión lleva su tiempo. Cuesta asumir que incluso las situaciones más brutales, han sido precisas y se pueden reciclar en aprendizaje. Pensemos en un mundo en el que el sufrimiento fuera arbitrario. El caos se apoderaría de inmediato de él. Si el caos tomara las riendas, se adueñara del gobierno planetario, la vida expiraría.  A menudo, no es sencillo concluir que lo que nos ocurre es a la postre para nuestra evolución. Asumir eso implicará un gran avance en el desarrollo de la conciencia humana, nos permitirá una mirada imbuida de mutua comprensión, insuflada de esperanza. 

Hay un camino, tanto personal como colectivo, de liberación, de evolución y emancipación, por más que a menudo nos resulte complicado asumir muchos de sus tramos cargados de inquina, de crueldad humana. Una y otra vez nos preguntaremos si fue preciso beber ese cáliz a ratos tan amargo. Sólo tomando noción de la condición humana espiritual, de lo circunstancial que es una vida física en el marco de un recorrido eterno, sólo asumiendo que recién hemos emergido de la condición animal con toda la carga de violencia residual que ello implica, comprenderemos las situaciones tan lacerantes con las que a menudo nos sorprende la actualidad. 

Nos aguarda la luz y la vida en fraternidad. De ello no deberemos abrigar la menor duda. Nos espera el Reino de Dios en el que viviremos compartiendo y cooperando, por más que no terminemos de comprender por qué habitamos un planeta en el que aún llueven misiles sobre las cabezas de nuestros hermanos, en el que humano sigue persiguiendo y matando al otro humano.