¡No luches contra Dios!

Todas las almas pueden ser justas y brillar.

¡No luches contra Dios!

Si me preguntas por qué es necesaria la Rectitud, te responderé: «Para que las generaciones futuras puedan vivir en su luz».

La luz que proviene de la Rectitud es la esencia de la luz que da la vida, que lleva la vida en sí misma.

El amor sólo se revela a aquellos que son justos y que «brillan en el Reino de su Padre», ese mundo divino inteligente donde los Justos comprenden el sentido profundo de todas las cosas.

La rectitud es una cualidad del alma humana.

Cada alma nace para ser justa. Y en el principio era justa.

Adquiere esta cualidad, esta herencia que se te ha dado: ser justo.

Cada alma debe ser justa. ¿Por qué? Para que la gran luz pueda emanar de ella. Y dentro de la luz que emana de la Rectitud, el Amor se revelará. La Rectitud es el fundamento sobre el cual el Amor se revela e ilumina el alma humana.

Todas las almas pueden ser justas y brillar.

Las almas que no desean brillar, son almas que luchan contra Dios.

¡No luches contra Dios!

Entra en la luz de la Justicia y date cuenta de que no vives como deberías vivir.

No luches contra el gran Padre del Amor, que une a todo el universo y a todos los seres en Su armonía.

Santifica Su nombre porque es Él quien se ha sacrificado innumerables veces por todos los seres.

Una vez que escuches Su voz, surgirá en ti el deseo de sacrificarte por Él.

Estarás dispuesto a darlo todo sin el menor remordimiento. Te dirás a ti mismo: «Lo que he dado es muy poco; ojalá pudiera vivir millones de años para poder seguir dando».

El Amor Divino absoluto requiere la Rectitud absoluta. Donde no hay Justicia, no hay Amor. El aspecto físico del Amor es la Rectitud. Para que el Amor pueda manifestarse en el mundo físico, la Rectitud debe estar realmente allí.

Si no hay Justicia, las palabras más dulces son vacías.

La gente tiene necesidad de la Rectitud Divina absoluta aquella Rectitud que será aplicada igualmente a todos sin excepción, que tomará en consideración el bien, no sólo del hombre, sino de todos los seres vivientes, desde el más pequeño hasta el más grande.

La gran Justicia exige que la ley sea igual para todos: para el buey y para el hombre, para el sabio y para el ignorante, para el ciudadano común y para el rey.

Cuando se nos revela esta ley sagrada, todos debemos sentir una profunda reverencia.

Beinsa Douno.

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