“Peregrinación a las Fuentes”

Sobre el libro de Lanza de Vasto

“Peregrinación a las Fuentes”

Me hubiera gustado vestir su taparrabos y recorrer igualmente descalzo, con su palo de bambú en la mano, esa India sin locura de ruidos y coches; marchar rumbo a las Fuentes del Ganges con su calabaza llena de agua y su ajada manta al hombro. A menudo nos falta un plus de valentía para acometer las empresas más importantes de nuestra vida.

De cualquier forma le he acompañado en un viaje que jamás olvidaré. Hay libros capaces de marcarte para el resto de tus días. Un gripazo oportuno me ha clavado en la cama y permitido devorar “Peregrinación a las Fuentes”. Me he postrado a los pies de Ghandi y otros tantos maestros y shadus, he llorado a la princesa de piel blanca, ahuyentado a los cuervos que, a los pies del Himalaya, acechaban su cuerpo moribundo… Vengo tocado por el largo viaje con Lanza de Vasto por la India ancestral de los años treinta. Escribo bajo el impacto de lo que vivió y escribió el fundador de las Comunidades del Arca en aquel alarde de fortaleza juvenil e interior. Porque Shantidas a la edad de treinta y cinco años no era sólo un guía humano, un maestro sincero, grande, exigente consigo mismo, sino que era también un cronista y sobre todo poeta extraordinario.

Hay libros predestinados que llegan a tu vida dispuestos a operar en ti un cambio profundo. ¿Hasta dónde será capaz este líder espiritual francés, promotor en Occidente de la doctrina ghandina del Ahimsa o la no violencia, de condicionar nuestro futuro? Lanza pasó meses con Ghandi en su asrham. En un porche estiraban las esterillas y dormían unos al arrimo de los otros, hombres y mujeres en un clima de suprema pureza. Lanza se levantaba a la noche sólo para ver dormir, a la luz de la luna, a aquel hombre santo que tan honda huella dejó en su vida. Ghandi, Lanza no proclamaban un cambio de gobierno, sino de civilización, por eso empezaban por ellos mismos, por eso sus vidas eran un ejemplo de simpleza, austeridad y responsabilidad. Ellos se tejían sus mismos vestidos.

Lanza supo que habría de sembrar el grano de la esperanza en la tierra más ingrata, la suya. Por eso volvió a Francia, venciendo la tentación de quedarse en una choza, con una rueca. En el camino le es revelada su excelsa misión. ¡Que a los aprendices de vida comunitaria, a los albañiles de las nuevas fraternidades del presente, no nos pase desapercibida su reflexión sin tiempo!: “Sabía que para dar vida a esa verdad era inútil exponerla en libros, publicarla en conferencias o en discursos, teorizarla y polemizarla; que es inútil dirigirse a los curiosos que leen, que es inútil dirigirse a las multitudes que aúllan y olvidan. Pues se trata de una verdad que sólo puede conocerse ejercitándola, que sólo puede enseñarse ayudando a otro a ejercitarla. Era preciso por consiguiente, fundar una fraternidad de hombres ligados por votos solemnes en el propósito de aprender juntos a vivir según la regla del Ahimsa y el Sanyashin; hacerla prosperar en la pobreza y los trabajos arduos y crecer en la independencia, para que con el tiempo y la ayuda de Dios, sin provocar la revuelta, ni forzar el destino, transformara infinitamente las revoluciones sangrientas y el encadenamiento de las guerra.”

El libro del que está extraído este breve texto es anterior a la segunda guerra mundial. Después de la gran contienda empezó la siembra en Francia. ¿Cómo caminaría, cómo observaría Lanza el mundo de nuestros días? La pregunta es ineludible, si algo más que la simple curiosidad nos ha impedido soltar el libro hasta acabarlo. Los Maestros que no alcanzan físicamente nuestros días, nos dejan que nos las compongamos solos con el presente. Las grandes luminarias se retiran a tiempo para comprobar si la esencia de su mensaje, siquiera con otra formas y ritmos, ha conseguido arraigar en nuestro interior. ¿Será por casualidad que la propia Francia nos ofreciera muy poco después otros dos grandes gigantes como Thich Nhat Hanh y Omraam Mikhaël Aïvanhov para que no acusáramos tanto el sentimiento de orfandad?

Nos tocaba reconciliarnos con nuestra propia tradición, con los valientes que se descalzaron los pies y marcharon tras sí mismos. Antes de remontar las estrellas quizás deberíamos peregrinar descalzos hasta nuestras propias Fuentes.

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