Somos los creadores de nuestro estado.

Sólo cuando el hombre esté lo suficientemente atento como para conservar su reino intacto, obtendrá una paz estable y duradera. Y, ¿qué será esta paz? Una felicidad indescriptible, una sinfonía, un estado de conciencia sublime en el que todas las células se bañan en un océano de luz, nadan en las aguas vivas y se alimentan de ambrosía… Entonces vive en una armonía tal que todo el Cielo se refleja en él, empieza a ver todos los esplendores que antes no había visto porque estaba demasiado turbado, demasiado agitado y porque su mirada interna, e incluso externa, no podía fijarse sobre las cosas para verlas. Sólo la paz permite ver y comprender la existencia de realidades sutiles; por eso los Iniciados, que han logrado saborear la verdadera paz, descubren las maravillas del universo.

La mayor parte de los seres humanos sólo buscan lo pasajero, lo ilusorio, y ello les produce decepciones y tristezas. Pero les es difícil comprenderlo. Para comprenderlo, hay que sufrir, decepcionarse… Verdaderamente hay que tocar fondo, estar desesperado para entender que lo que se deseaba no aporta ni la paz, ni la plenitud, ni la gloria, ni el poder, ni nada. Pero es imposible explicarlo a aquellos que todavía son demasiado jóvenes. Hay que ser mayor, muy mayor interna o externamente, para interesarse únicamente en las riquezas eternas. El que es joven todavía sigue jugando con las muñecas, los soldados de plomo y los castillos de arena; su edad no le permite preocuparse por cosas más serias, pero cuando madura lo abandona todo  para conseguir grandiosas realizaciones y entonces conoce la paz.

MIKAEL OMRAAM AIVANHOV

LIBRO, EL EGREGOR DE LA PALOMA. IZVOR 208

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