El astillero de Char Kaliganj

Donde cantos desgarradores hacen retumbar la tierra

El astillero de Char Kaliganj

Casi diez mil kilómetros separan Barcelona de Dhaka. Después de un largo viaje, llegamos a una de las ciudades más pobladas del mundo y, sin duda alguna, una de las más caóticas en cuanto a tráfico y contaminación se refiere. Pronto, muy pronto, nos vemos envueltos por un polvo denso, mezcla de tierra y deshechos químicos y orgánicos; el hedor pestilente se alterna con el perfume de las flores, del cilantro y el incienso, así como con las más variadas especies, guisos y chai que se cocinan por doquier. El ensordecedor ruido de cláxones se acompasa con el canto del muecín, sin embargo, nada de esto es comparable a los cantos que escuché, cuando deambulábamos por el laberíntico entramado de callejas en Char Kaliganj, donde se ubica uno de los mayores astilleros de Asia.

Llegamos a él en una pequeña barca, cruzando el río Buriganga. Fue como traspasar un muro invisible y de repente, verte rodeada de cascos de buques de carga dantescos, varados en tierra firme.

De pronto nos vimos inmersos en un enjambre, en donde todo tenía su lugar específico dentro del más absoluto y desconcertante caos. Si la construcción de aquellos grandes navíos había representado una hazaña fascinante, todavía lo era más su destrucción o lo que podríamos llamar su metamorfosis. En el astillero de Char Kaliganj, todo se aprovecha, se reinventa, se reutiliza, para crear nuevos barcos a partir de las piezas que finalmente consiguen salvarse del desguace. El ingenio no sabe de límites.

En este lugar trabajan alrededor de 15.000 personas en condiciones realmente infrahumanas, desprovistos de cualquier tipo de protección. En muchos casos caminan descalzos acarreando pesadas planchas de acero, gigantescas hélices o engranajes diversos. Donde quiera que mires, ves hombres escalando alturas vertiginosas por destartaladas escaleras o desplazándose por lo más alto teniendo, como única seguridad, su propio equilibrio. El trabajo es extenuante, el salario ínfimo, apenas 5 dólares diarios.

El zumbido de la actividad no se detiene jamás, la polvareda es omnipresente así como los estruendos: una plancha de acero que cae al suelo, gritos de quien con urgencia necesita abrirse paso o el traqueteo de cualquier máquina. A menudo, sientes que no puedes respirar debido a los humos tóxicos, a la exposición permanente al amianto, al calor abrasivo…

Los niños tan pronto forman parte de las brigadas realizando cualquier tipo de trabajo, como se agazapan en una esquina para jugar a las canicas, hacer bailar la peonza, correr detrás de un balón o girar esas ruedas de metal con la destreza de los grandes acróbatas.

Al principio del relato, os hablé de unos cantos más potentes que el sonar de los cláxones o las sirenas de algunos navíos. Son hombres que cantan con una potencia que retumba, haciendo vibrar la tierra. Sonidos guturales que emergen con fuerza desorbitada, desde lo más profundo, desde lo más recóndito.

A través de esos cantos unen sus fuerzas esos ejércitos de titanes infatigables, apoyándose mutuamente, renovando la energía que les mantendrá unidos, que evitará que ninguno de ellos desfallezca y abandone.

Sin duda alguna, en el astillero de Char Kaliganj no puedes sino rendirte a la belleza de compartir, gente que vive el presente fuera del tiempo, rodeados de detritos malolientes, de miseria y, sin embargo, allá donde tu mirada se pose, percibes el triunfo sobre la adversidad, la mayor epopeya de abnegación y esperanza.

      

14 Comentarios

  1. Escalofriantes las imágenes y sobrecogedor tu relato. La vida, para estos seres humanos, es una eterna batalla. Quizás, muchos se han visto expulsados de su entorno rural, sin otra opción, que venir a la gran ciudad para sobrevivir.. Adultos y niños golpeados por el destino y luchando heroicamente por su superviviencia.
    Gracias Elena!!!!

  2. Siempre, siempre, cada uno de tus relatos hacen vibrar en mí fibras ocultas, las más sensibles, no sólo de admiración por la belleza de las imágenes y de la certeza natural de tus palabras, también fibras de humildad ante lo inabarcable de otras realidades y de esperanza en el ser humano.
    Gracias querida amiga.

  3. Elena, me asombran tus fotos en las que se aprecia con la misma nitidez la expresión de las caras, la dureza del metal y el fuego, el humo, las huellas.
    Otra vez gracias por compartir tus imágenes y tus sensaciones de mundos que si no, nunca conocería.

    1. Muchísimas gracias a ti Sara, sabes lo feliz que me siento de poder compartir, todo cobra un sentido, así que agradezco infinito tu escucha. Un abrazo.

  4. Fotos impresionantes acompañadas de un fantástico texto que te traslada a ese mundo y que de no ser por ti nunca podríamos concebir que existe.
    Gracias Elena. Un beso.

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